No se trata de que aparezca otro

Hace unos meses quedé con una amiga que está en una relación tóxica, de esas en bucle: se pelean siempre por lo mismo, pero vuelven a intentarlo una y otra vez. Ella me estaba contando la última discusión y me dijo:

«Aguantaré hasta que otro aparezca.»

Yo pensé en voz alta:

—¿Cómo que otro?

—Sí, otro que sí que esté por mí. Que haga lo que no hace X.

—¿Y tú puedes hacer lo que no hace X?

Silencio. Y luego:

—Sí, pero ya no estoy tanto por mí como antes. Ya no hago tantas cosas para mí… y no lo entiendo, porque yo nunca he sido así. Sí que podría hacerlas, pero es complicado. Es tiempo. Y le quiero.

Lo único que le dije en ese momento fue: «Lo único que deseo es que seas feliz. Si así lo eres, lo respeto, y voy a estar aquí siempre que lo necesites.» Ella soltó un «uf» y rompió a llorar.

Después de ese silencio seguimos hablando. Y lo curioso es que su discurso era el de una mujer que sabe lo que quiere: tiene claros sus límites, ha hablado con su pareja varias veces sobre lo que necesita en una relación. Y aun así sigue ahí, porque él siempre le dice que va a cambiar, y ella mantiene la esperanza. Pero no cambia. Y sus acciones lo confirman, una y otra vez.

El resultado: expectativas incumplidas y una sensación constante de decepción y cansancio.

Ella es consciente de que él no va a cambiar. Sabe que tiene que aceptarlo tal como es, o dejarlo — sus formas de entender una relación son demasiado distintas. Aun así, siempre dice lo mismo:

«Lo dejaría.»

Dejaría. Un condicional. ¿Dejaría si… qué?

Le pregunté qué le frenaba. Y llegó el famoso: «Y si luego me arrepiento.» Le pregunté entonces cuántas veces más necesitaba que pasara esto para tomar una decisión. Su respuesta: «No lo sé.» Esa misma respuesta que ya le había escuchado tantas otras veces.

—¿Qué debo hacer? —me preguntó.

—¿Qué quieres hacer? —le pregunté yo.

—Si pienso en mí, lo dejaría. Pero será duro. Y creo que es más llevadero si encuentro a otra persona, así no me rayaría tanto.

Traducido: prefería no decidir, por si acaso se arrepentía después. Y ahí le dije algo que se quedó resonando en las dos:

No tomar una decisión también es tomar una decisión. Es quedarte, en ese bucle.

Me fui a casa dándole vueltas a algo. Y creo que merece la pena compartirlo, porque si alguna vez te has sentido así, esto también es para ti.

¿Otro va a salvarte?

  • Nadie te lee la mente. Solo tú sabes lo que necesitas y lo que quieres de verdad en una relación.
  • ¿Cuánto tiempo más vas a esperar para hacer cosas por ti? El tiempo es limitado.
  • ¿Cuántas cosas te estás perdiendo mientras esperas? Otra persona no las va a hacer por ti.
  • Las relaciones no son complicadas por naturaleza. A veces aparecen baches, pero eso no las convierte en complicadas — requieren tiempo, comunicación, respeto, ganas de compartir.
  • Una ruptura no es más llevadera porque haya otra persona esperando. Las rupturas no son fáciles, es verdad. Pero si ahora mismo tuvieras un problema, ¿a quién llamarías? ¿A alguien que acaba de aparecer, o a la gente de confianza que ya conoce tu historia?
  • Aguantar «hasta que aparezca otro» tiene un precio. Tu cuerpo carga con las consecuencias. ¿Cuánto peso emocional estás dispuesta a seguir aguantando?

Sigo pensando en eso de «otro que esté por mí» que me dijo mi amiga. Y me pregunto:

¿Y tú, estás por ti?

Porque a veces confundimos amar a alguien con desaparecer un poco para que quepa. Y ponemos toda nuestra energía en sostener una relación, mientras la relación con nosotros mismos se va quedando en pausa. No es que necesites que aparezca otra persona. Es que, quizá, hace tiempo que nadie —ni siquiera tú— se ocupa de ti con esa misma dedicación.

No se trata de que aparezca otro.

Se trata de que aparezcas tú.